Ciudadanía: Diálogo o Violencia
Durante los últimos años los temas de convivencia y seguridad ciudadana comenzaron a ser vistos por los ciudadanos como importantes problemas que deben ser solucionados por las autoridades competentes, llámense, presidente, gobernadores, o alcaldes. Por tanto, es importante reconocer que uno de los obstáculos más serios para el desarrollo social y económico de cualquier país, en este caso, Venezuela, está constituido por la violencia y por la delincuencia, las cuales presentan, todavía, cifras muy elevadas en el país.
Recordando un poco, las palabras del Presidente de la República Hugo Chávez, en la Conformación del Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y los Consejos Regionales de Seguridad Ciudadana, el 21 de febrero de 2008. Y decía lo siguiente: “En el mundo injusto como el que vivimos hoy existirá siempre la violencia, la violencia es la expresión más cruda ¿no? la principal expresión de la inseguridad es la violencia. Porque la inseguridad comienza siendo un estado hasta mental ¿no? espiritual, que luego tiene su expresión física en la violencia, en los problemas sociales, la violencia social, la delincuencia, pero la causa es, la causa es social, la causa es política desde el punto de vista de que la política tiene que ver con la vida de todos, la polis, la vida de la ciudad. En un mundo donde haya justicia habrá paz, se acabará la violencia, se acabará la inseguridad” (…).
Ahora, si bien es cierto que la ciudad que inaugura la Modernidad es heredera de la ciudad donde comienza a gestarse el renacimiento. Florencia es una ciudad que de alguna manera reproduce lo que había sido la Atenas para los griegos. El Ágora de los griegos encuentra lugar en un espacio para el intercambio de ideas, opiniones y puntos de vista acerca de los problemas que tenían que ver no sólo con el poder, sino también con las inquietudes fundamentales del hombre.
Sin embargo, la criminalidad y la violencia social son aspectos fundamentales en la calidad de vida de todos los sectores sociales, al tiempo que su control y efectiva regulación constituyen políticas prioritarias para el mantenimiento de la legitimidad de la acción estatal como árbitro en la resolución de los conflictos. ¿Avanzar y recuperar? Adela Cortina (1997) en su obra los “Ciudadanos del mundo”, menciona lo siguiente: “proponer recuperar las ideas del bien y virtud en el contexto de las comunidades, porque es en ellas donde aprendemos tradiciones de sentido y de bien” (Pág. 32).
Por ello, el principal problema hoy en Venezuela, no es la cuestión política, ni la situación económica, o el funcionamiento de los servicios públicos. La violencia constituye el problema más grave que actualmente nos aqueja por el profundo proceso de descomposición social-ético-moral que estamos viviendo. Y quien dice violencia y descomposición social, dice problema con los valores, dice estructuras ético-morales fuertemente averiadas; por tanto dice problemas serios para convivir.
Seguidamente, la violencia transforma los términos de la fórmula de la democracia, es decir, obstruye el desarrollo y la expansión de la ciudadanía en todas sus dimensiones. A esto, se observa la desigualdad vivida en el acceso a la justicia, esta es una de las manifestaciones más dramáticas y peligrosas de las desigualdades, toda vez que destruye la legitimidad de las instituciones públicas en proceso de reconstrucción a partir de las nuevas políticas regionales, basadas en la movilización de la participación y en infundir una nueva legitimación a la democracia.
La autora ya mencionada, menciona el concepto de la ciudadanía, de la siguiente manera:
La ciudadanía es un concepto mediador porque integra exigencias de justicia y a la vez hace referencia a los que son miembros de la comunidad, une la racionalidad de la justicia con el calor del sentimiento de pertenencia. Por eso, elaborar una teoría de la ciudadanía, ligada a las teorías de democracia y justicia, pero con una autonomía relativa con respecto a ellas, sería uno de los retos de nuestro tiempo. Porque una teoría semejante podría ofrecer mejores claves para sostener y reforzar una democracia postliberal también en el nivel de las motivaciones: una democracia en que se den cita las exigencias liberales de justicia y las comunitarias de identidad y pertenencia. (Pág. 35).
En definitiva, desde el punto de vista sociológico, la ciudadanía, como toda propiedad humana, llega a ser el resultado de un quehacer, la ganancia de un proceso que empieza con la educación formal, la escuela, la informal, la familia, los amigos, los medios de comunicación, los ambientes sociales.
Sin embargo, desde el punto de vista político, es primariamente una relación política entre un individuo y una comunidad política, en virtud de la cual el individuo es miembro de pleno derecho de esa comunidad y le debe lealtad permanente.
Entonces, en la actual coyuntura política e institucional, el ejercicio del derecho a la seguridad ciudadana de la población se encuentra severa y peligrosamente limitado. El incremento sufrido en las cifras de criminalidad en los últimos años, especialmente en las tasas de homicidios, “Venezuela está ahora con una tasa muy alta dentro del espectro de la región, con una medida de 40 muertes diarias y 52 homicidios por cada 100.000 habitantes a final de 2008” (Venezuela en los medios extranjeros escritos: 27-10-2009). Y en el número de robos y secuestros, revela un creciente y peligroso menoscabo del monopolio de la violencia legítima por parte del Estado venezolano, que afecta a toda la población.
Yo me pregunto entonces, ¿de qué se ocupa o nos ocuparemos los ciudadanos venezolanos? Adela (2007) lo resume de la siguiente manera:
El ciudadano es, desde esta perspectiva, el que se ocupa de las cuestiones públicas y no se contenta con dedicarse a sus asuntos privados, pero además es quien sabe que la deliberación es el procedimiento más adecuado para tratarlas, más que la violencia, más que la imposición; más incluso que la votación que no es sino el recurso último, cuando ya se ha empleado convenientemente la fuerza de la palabra. (Pág. 44).
En Venezuela, las comunidades residentes en los sectores populares, muchas de ellas organizadas en Consejos Comunales, plantean como causales directas de toda la problemática de violencia la falta de oportunidades de estudio, trabajo y organización del tiempo libre para adolescentes y jóvenes, la falta de acceso a la justicia y de mecanismos de mediación de conflictos en las áreas más vulnerables a la violencia en la ciudad, el deterioro sostenido del hábitat y la falta de servicios públicos, la elevada disponibilidad de armas entre los miembros de la comunidad y especialmente entre los jóvenes, quienes son víctimas fáciles del crimen organizado, su desconocimiento en cómo desarrollar programas de prevención de violencia y los bajos niveles de capacitación laboral de los jóvenes acotes de violencia.
Pero, lo más grave de todo es la resignación social y la apatía pública frente a esta tenebrosa realidad, a la que se continúa tratando como un problema más de la agenda, si es que se trata, toda vez que la voz de sus principales víctimas sigue sin ser audible. Las zonas de las ciudades que muestran alto riesgo para los homicidios de jóvenes entre los 15 y 24 años no son las mismas que muestran un alto riesgo para la comisión de delitos contra la propiedad. En las áreas de mayor nivel socioeconómico, se encuentran las mayores tasas de estos delitos y mayores riesgos para las lesiones personales y los accidentes de tránsito, y sin embargo, estas personas también han sido afectadas por la violencia.
El ciudadano, ¿será ahora el que actúa bajo la ley y espera la protección de la ley a lo largo y ancho de todo el imperio, es decir, es el miembro de una comunidad que comparte la ley, y que puede identificarse o no con una comunidad territorial? Definitivamente, la ciudadanía, no se puede de manera directa considerarse como un estatus jurídico, esto implica y vincula unas responsabilidades de acuerdo a un orden social, y en la búsqueda de intereses comunes, como es el caso de erradicar la violencia.
Entonces, el derecho a la seguridad ciudadana es un derecho humano básico al que hoy son especialmente sensibles todos los ciudadanos en todas las sociedades, no solamente los sectores medios, sino también y muy especialmente por ser las principales víctimas de la violencia, los pobres, quienes habitan espacios altamente desprotegidos y relegados por el poder público donde la ausencia del Estado es patente. Tal y como se manifiesta este fenómeno en determinadas áreas del país, las más vulnerables, el problema de la violencia pasa al plano político sin desvincularse de sus profundas vinculaciones sociales. Lo que sucede en estos ámbitos urbanos profundamente destituidos de los más elementales derechos y acceso a bienes públicos ha sido denominado por algunos autores como un ultraje a la democracia (Luis Edoardo Soares (2003): Projecto Seguranza Pública para Brasil, Instituto da Cidadanía, Brasil (mimeo).
En Venezuela, vive hoy bajo un régimen de pánico e impotencia, impuesto por los códigos de la violencia social y por los que extrañamente despliega la policía, mientras la ciudadanía en su conjunto ocupada en otros asuntos, con su indiferencia, parece tolerar esta convivencia con el drama cotidiano de la violencia, naturalizándolo, básicamente porque afecta a los no privilegiados, que tienen poca voz e influencia en los mecanismos de formación de opinión pública y de incidencia de políticas públicas.
Todo este proceso, marcado por la fragmentación, inexistencia de gestión, sobre posición de acciones y falta de una orientación común en el perfil de las políticas públicas termina por comprometer la agilidad del proceso democrático.
No obstante, es importante explicar, que en la realidad, la palabra tolerancia tiene diversos significados, que están en la mente de los ciudadanos al hablar de ella, por mucho que los organismos internacionales se esfuercen por darle contenidos nuevos. Tolerar es dejar hacer, sea por impotencia, sea por indiferencia. Por eso el valor verdaderamente positivo, es más que la tolerancia, el respeto activo, que señala Adela Cortina (1997):
Consiste el respecto no sólo en soportar estoicamente que otros piensen de forma distinta, tengan ideales de vida feliz diferentes a los míos, sino en el interés positivo por comprender sus proyectos, por ayudarles a llevarlos adelante, siempre que representen un punto de vista moral respetable… El respeto supone un aprecio positivo, una perspectiva, aunque no se comparta, y un interés activo en que pueda seguir defendiéndose. Aunque se hable menos de él que de la tolerancia, es indispensable para que la convivencia de distintas concepciones de vida sea, más que un modus vivendi, una autentica construcción compartida. Y no sólo al nivel ciudadano de las sociedades internamente multiculturales, sino también en el ámbito de la ciudadanía cosmopolita. (Pág. 240-241).
Entonces, el ejercicio de la ciudadanía es crucial para el desarrollo de la madurez moral del individuo, porque la participación en la comunidad destruye la inercia, y la consideración del bien común alimenta el altruismo, además, la ciudadanía subyace a las otras identidades y permite suavizar los conflictos que pueden surgir entre quienes profesan distintas ideologías, porque ayuda a cultivar la virtud política de la conciliación responsable de los intereses en conflicto. Para formar hombres es necesario, pues, formar también ciudadanos y así darle un punto último al tema de la violencia.
La moral es ineludible, en primer lugar, porque todos los seres humanos hemos de elegir entre posibilidades y justificar nuestra elección, con lo cual más vale que nos busquemos buenos referentes para acreditarlas, no sea que labremos nuestra propia desgracia. En segundo lugar, estamos en el mundo con un tono vital u otro, altos de moral o desmoralizados, y para levantar el ánimo son indispensables dos cosas al menos: tratar de descubrir qué proyectos nos son más propios y tener la autoestima suficiente para intentar llevarlos a cabo.
Por lo tanto, es necesario educar en valores, a través de la educación formal, es decir, en la escuela, sea a través de la familia, la calle o los medios de comunicación. Esto se da en el cultivo de esas condiciones que nos prepararan para aplicar ciertos valores, precisamente esos valores de los que componen una ciudadanía plena. Específicamente los valores que componen una ética cívica, los valores cívicos, fundamentalmente, la libertad, la igualdad, la solidaridad el respeto activo y el diálogo, o, mejor dicho la disposición de resolver los problemas comunes a través del diálogo.
De acuerdo, con el tema planteado, hablaré del diálogo, como el mecanismo, el valor que tiene cada persona en el interior de la búsqueda cooperativa de lo verdadero y de lo justo. Adela Cortina (1997), define al diálogo:
El diálogo es entonces un camino que compromete en su totalidad a la persona de cuantos lo emprenden porque, en cuanto se introducen en él, dejan de ser meros espectadores, para convertirse en protagonistas de una tarea compartida, que se bifurca en dos ramales: la búsqueda compartida de lo verdadero y lo justo, y la resolución justa de los conflictos que van surgiendo a lo largo de la vida. No son la imposición y la violencia los medios racionales para defender lo verdadero y lo justo o para resolver con justicia los conflictos. Lo es un diálogo emprendido con seriedad, que ha de sujetarse, por tanto, a unas condiciones, sin las que puede quedar en simple parloteo (Pág. 248).
Evidentemente, cada quien llevará al diálogo sus convicciones y más rico será el resultado cuanto más ricas sean las aportaciones. Pero a ello ha de acompañar el respeto a todos los demás, posibles como actitud de quien trata de respetar la autonomía de todos los afectados por las decisiones desde la solidaridad. La educación del hombre y del ciudadano ha de tener en cuenta, por tanto, la dimensión comunitaria de las personas, su proyecto personal, y también su capacidad de universalización, habida cuenta de que muestra saberse responsable de la realidad, sobre todo de la realidad social, aquel que tiene la capacidad de tomar a cualquier otra persona como un fin, y no simplemente como un medio, como un interlocutor con quien construir el mejor mundo posible. De esta manera, la lucha por la democracia, para que lo sea en verdad, deberá asociarse a la lucha por la justicia, ya que la conquista de ambas implica más control sobre la violencia, el delito, la impunidad, el odio irracional y la inseguridad, que juntos retratan la desigualdad, y la pérdida de valores.
Para concluir, en el diálogo deben participar todos los afectados por una decisión final, esto por quien toma el diálogo en serio no ingresa en él convencido de que el otro nada tiene que aportar, sino todo lo contrario. Está, pues, dispuesto a escucharle. Quien dialoga en serio está preocupado por encontrar una solución justa y, por tanto, por entenderse con el otro. Entenderse no significa lograr un acuerdo total, pero sí descubrir todo lo que ya se tiene en común y se permiten ir precisando desde ahí en qué no se llega a un acuerdo y por qué.
Por otro lado, es importante para emprender una adecuada y sostenida solución de los problemas de violencia y delincuencia, tener en cuenta algunas experiencias exitosas de políticas públicas de convivencia y seguridad ciudadana, además, profundizar en la sociedad civil, la discusión sobre el modelo de diálogo orientado a la solución de los problemas que afecten de manera prioritaria a los venezolanos, estableciendo los canales de representación entre las instituciones y los ciudadanos.
Bibliografía
CORTINA, Adela (1997). Ciudadanos del mundo. Hacia una teoría de la ciudadanía. Madrid. Editorial: Alianza Editorial.
Soares Luis (2003). Projecto Seguranza Pública para Brasil, Instituto da Cidadanía, Brasil (mimeo).
Artículo de Prensa: Venezuela en los medios extranjeros escritos. [27-10-2009]. Homicidio aumenta en Venezuela alimentado por la proliferación de armas.
Discurso: Hugo Chávez Frías, Presidente de Venezuela. Conformación del Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y los Consejos Regionales de Seguridad Ciudadana. [21-02-2008].
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