martes, 22 de junio de 2010

Resumen: Derecho y Moral

Resumen

Facticidad y validez. Sobre el derecho y el Estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso.

Jürgen Habermas.

DERECHO Y MORAL

(Tanner Lectures 1986). Versión inglesa en The Tanner Lectures on Human Values, t. VIII, Salt Lake City, 1988, pp. 217-280.

La primera interrogante de este artículo es ¿Cómo es posible la legitimidad a través de la legalidad? Max Weber entiende los órdenes estatales de las sociedades occidentales modernas como acuñaciones de la [dominación legal]. Basan su legitimidad en la fe en la legalidad del ejercicio de la dominación. Esta, cobra un carácter racional, porque la fe en la legalidad de los órdenes establecidos y en la preparación y competencia de los llamados al ejercicio de la dominación es de calidad distinta que la fe en la tradición o el carisma.

Para Weber el derecho dispone de una racionalidad propia independiente de la moral. Esa moralización del derecho es lo que Weber diagnostica analizando evoluciones contemporáneas que él describe como [materialización] del derecho formal burgués. Es decir lo que conocemos como el proceso de juridificación característico del Estado social.

Los expertos en derecho velan por el formalismo del derecho por lo menos en tres aspectos. La configuración sistemática de un corpus [cuerpo] de proposiciones jurídicas claramente analizado introduce, primero en el conjunto de las normas vigentes un orden por el que ese conjunto resulta abarcable y controlable. Segundo, la forma de la ley abstracta y general, ni coartada a la medida de contextos particulares, ni tampoco dirigida a determinados destinatarios, da al sistema jurídico una estructura unitaria. Y tercero, la aplicación de ésta susceptible de cálculo, atenida a reglas procedimentales, y asimismo una implementación fiable de esas leyes.

Por otro lado, la configuración sistemática del corpus iuris se debe a la racionalidad científica de expertos en derecho, entregados al desarrollo de la dogmática jurídica; las leyes públicas, abstractas y generales aseguran ámbitos de autonomía privada para una persecución de intereses subjetivos, racional con arreglo a fines.

Este elemento se refiere al análisis y sistematización de los conceptos jurídicos fundamentales y a su representación en una unidad orgánica. Para ello debe profundizar en la observación de los fenómenos jurídicos, extraer de ellos los caracteres que le son esenciales para construir con ellos los conceptos, estudiar los nexos que los unen y organizar todo el material en sistema, siempre sobre la base de la experiencia.

En resumen podemos decir que las cualidades formales del derecho analizadas por Max Weber sólo hubieran podido, en condiciones sociales especiales, posibilitar la legitimidad de la legalidad en la medida en que hubieran podido ser consideradas racionales en un sentido práctico moral. Weber reconoció este núcleo moral del derecho formal burgués, porque siempre entendió las ideas morales como orientaciones valorativas subjetivas.

En este lugar, la apelación a las teorías morales y las teorías de justicia en términos procedimentalistas sólo tiene por fin explicar por qué el derecho y la moral no pueden deslindarse entre sí recurriendo a conceptos tales como formal y material. En tal caso, los principios morales del derecho natural racional se han convertido en los Estados constitucionales modernos en derecho positivo.

Weber orientó una comprensión de la desformalización del derecho en tres interpretaciones: 1) Derecho reflexivo: a la facultad de tratar y tomar decisiones a las partes en litigio y el establecimiento de procedimientos cuasipolíticos de formación de la voluntad y formación de compromisos. Con este tipo de regulación el legislador ya no trata de conseguir directamente fines concretos; antes esas normas tienen como fin el capacitar a los participantes para que regulen por su propia cuenta sus propios asuntos. 2) Marginalización: deriva de la investigación sociológica de hechos que hasta ahora no eran conocidos. Pero también se añaden otros fenómenos. 3) Imperativos funcionales: al concepto regulativo como la instrumentalización del derecho para fines del legislador político.

En tanto, los principios morales que provienen del derecho natural racional son hoy ingredientes del derecho positivo. La interpretación de la Constitución cobra, por tanto, una forma más o menos relacionada con la filosofía del derecho. Por tanto, la legalidad sólo puede engendrar legitimidad en la medida en que el orden jurídico reaccione reflexivamente a la necesidad de fundamentación surgida con la positivización del derecho, y ello de suerte que se institucionalicen procedimientos jurídicos de fundamentación que sean permeables a los discursos morales. En definitiva, la moralidad del derecho consiste en que a la voluntad se le señala un ámbito en el que puede ejercitar su dominio con independencia de toda voluntad extraña.

El derecho positivo debe sus rasgos convencionales a la circunstancia de que es puesto en vigor por las decisiones de un legislador político y de que, en principio, puede cambiarse a voluntad. Esta dependencia del derecho respecto de la política explica también el aspecto instrumental del derecho. Mientras que las normas morales son en todo momento fines en sí, las normas jurídicas valen también como medios para conseguir objetivos políticos. Pues no sólo están ahí, como ocurre en el caso de la moral, para la solución imparcial de conflictos de acción, sino también para la puesta en práctica de programas políticos.

En conclusión la legitimación del Estado es el resultado de una serie de elementos dispuestos a niveles crecientes, cada uno de los cuales concurre en modo relativamente independiente a determinarla. Es necesario, por lo tanto, examinar separadamente las características de estos elementos que constituyen el punto de referencia de la creencia en la legitimidad.

El comportamiento de legitimación no caracteriza solamente a las fuerzas que sostienen el gobierno sino también a las que se oponen al mismo, en cuanto no tengan el propósito de cambiar también el régimen o la comunidad política. La aceptación de las “reglas del juego”, en particular, o sea de las normas en que se basa el régimen, no entraña solamente, como ya se ha señalado, la aceptación del gobierno y de sus mandatos, en cuanto estén conformes con el régimen, sino también la legítima expectativa, para la oposición, de transformarse en gobierno.

domingo, 20 de junio de 2010

La recuperación del buen juicio

Revista Académica de Relaciones Internacionales, núm. 1, marzo de 2005, GERI – UAM

ISSN 1699 – 3950

www.relacionesinternacionales.info

1

Javier Roiz, La recuperación del buen juicio,

Editorial Foro Interno, Madrid, 2003,

Por Víctor Alonso.

Como si de una partitura musical se tratara, esta obra no merece la mera lectura de sus notas una a una. Requiere escuchar sus silencios, acudir a sus maestros, calibrar las diversas interpretaciones que surgen de un estudio lento y riguroso, pero repleto de imaginación y cuidado. Y sobre todo, ofrece la libertad de una lectura no guiada.

Si, como dice Judith Butler, los tropoi pueden entenderse como las tonalidades de una música[1], y si las metáforas nos ayudan a alcanzar lo inefable gracias a sus imágenes claras y sencillas (p. 196), a la hora de expresar todo lo que suponen estas páginas podemos optar por dejar decir al Hamlet de William Shakespeare. Él puede otorgarnos así una tonalidad y unas imágenes: la de Claudio envenenando al rey Hamlet por el oído mientras duerme; una obra de teatro que busca conmover afectos para acercarse a la verdad de un asesinato; la exclamación del príncipe Hamlet: "Horatio, what a wounded name!"; y, como cierre, el triunfo de Fortinbrás y la militarización póstuma de Hamlet. Ellas nos dejan posar levemente los grandes temas de la obra de Javier Roiz: por un lado la crítica demoledora a la higienización del pensamiento, y por otro las recuperaciones del mundo interno, de lo infantil, de la letargia, de las tradiciones judía y retórica, de la inventio, del pensamiento musical, del buen juicio. Todo ello jalonado por un tratamiento isegórico de la teoría política más relevante del siglo XX y de sus autores principales. Hamlet podría representarnos, asimismo, la continuidad que esta obra supone con trabajos anteriores del autor[2].

Ya se dijo de La democracia vigilante que suponía una crítica demoledora al statu quo académico actual[3]; lo que allí se destilaba surgía en gran parte de la hondura y la complejidad desplegadas en El experimento moderno y El gen democrático. Ahora, en esta última obra, se parte del pensamiento original de aquellas obras y de otros artículos, pero se va mucho más allá, no sólo por las nuevas aportaciones propias o el acompañamiento de grandes maestros, que también, sino porque el manto de la retórica le otorga sutileza y precisión, a la vez que sencillez y claridad, a la crítica de lo que el autor denomina higienización del pensamiento.

La comprensión del calvinismo resulta fundamental en este aspecto. El autor valora lo que éste tuvo de excepcional por su combate a la hegemonía papista opresiva o en su rescate del libro del secuestro eclesiástico; sin embargo, en esta ocasión, prestará especial atención a su limpieza del pensamiento y las consiguientes consecuencias sobre la teoría y la política. Para ello, y desde su hondo conocimiento de la sociedad y la tradición norteamericana[4], comprenderemos la admirable presencia de bibliotecas en los pueblos de Nueva Inglaterra como un acto político de los divines huidos de Europa. El autor toma como excusa el capítulo donde profundiza en la obra de su maestro Sheldon S. Wolin para, a partir de sus críticas al pluralismo norteamericano, estudiar toda la promoción de la proliferación sectaria que, protegida bajo la capa de la diversidad, en realidad prohibía la diferencia representada por ateos y católicos. Esta carga excluyente y violenta se reflejaría en los grandes problemas de incorporación a la ciudadanía que Estados Unidos ha arrastrado durante su historia.

El ocultamiento de lo hispánico - visto exclusivamente como el enemigo católico y papista - será una constante en el pensamiento de raíz calvinista que, cuando lo vea, será al modo de John Locke: "la gente del Perú que engendraba niños para luego comérselos"[5]; comentario que revela cómo la declarada asepsia puritana no siempre se llevaba a cabo. Lo mismo sucede con la mutilación de las imágenes y los tropos, de las emociones, como parte integral de la vida y de la política; Locke se apuntaba a su expulsión del conocimiento al mismo tiempo que, consciente de su poder, abogaba por la invasión de ese remanso protegido que es la inventio de la ciudadanía (p. 23).

Los modos alertas y vigilantes del propio Calvino también son puestos en entredicho (p. 47) junto con su antisemitismo (pp. 59, 281). Estas concepciones, así como aquella de “une église bien ordonée et reglée”, subyacerán a lo largo de gran parte de la filosofía política occidental y resultan fundamentales a la hora de comprender mejor algunas obras de autores contemporáneos, como es el caso de la de John Rawls (p. 272).

Otro puritano, esta vez jesuítico, que es objeto de una crítica demoledora es René Descartes. Las referencias a su obra jalonan las páginas de Roiz; se reconoce su talento e ingenio, pero a la vez se pretende inocular contra sus dañinas enseñanzas, una función que resulta básica en la transmisión de conocimientos para autores como Hobbes y Quintiliano. Giambattista Vico, para el que la idolatría cartesiana del método le resultará un “barbarismo disfrazado de complejidad” (p. 27), le servirá a menudo a nuestro autor de intermediario en el desmontaje de la tarea de Descartes. En realidad, el pensador francés degrada todo pensar a mera actividad mental, como si fuera una función respiratoria (cogito ergo sum) (p. 191). Con razón, Vico también le acusa de basar toda su filosofía en premisas tropológicas indemostrables, a partir de las cuales ejercer sus conexiones deductivas. Su fe en la certeza, en el conocimiento cierto e indudable (p. 16), van a poner las bases de lo que será el conocimiento científico moderno, el cual girará sobre un yo abstracto estandarizado. El análisis y la racionalidad rebajarán las miradas maniáticamente a las rutinas (pp., 17, 19), a la vez que se blindarán contra el error (p. 141); y cuando se suban las miradas, será para engendrar fantasías monstruosas y plenas de irracionalidad. Así son las grandes utopías totalitarias de la modernidad, pero así también era la valiosa arquitectura teórica de Santo Tomás, encerrada en su monasterio, alejada de la experiencia cotidiana y la carnalidad para escribir teorías coherentes y perfectas (pp. 179-182).

De este modo, La recuperación del buen juicio estudia con profundidad autores excepcionales que, a su vez, introdujeron un modo de conocimiento que ha terminado por imponerse. Es la pureza de la abstracción, de las metodologías exactas, purgadas al fin de esas pasiones que enturbian el alma (p. 16). No es por tanto de extrañar que Roiz gire hacia la ciencia de lo político para criticar su positivismo, su ansia predictiva y su desprecio por la teoría. Se ha abandonado el conocimiento ontológico sobre formas y modos de vida (p. 50). Se renuncia a la realidad de un hombre que envejece y crea monstruosidades (p. 365). Nuestro autor reconoce la utilidad de muchos de los avances empíricos, pero reclama un retorno del lenguaje cotidiano y limpio de omnipotencias. Recupera así la tradición medieval castellana de las Responsas rabínicas, se alía en sus demandas con Isócrates y Cicerón (p. 37), Quintiliano (p. 31), Hobbes (p. 32), Arendt (pp. 179, 193) y sobre todo Strauss. "La percepción cotidiana, el darse cuenta de modo natural y lento de la realidad, queda sustituida sin miramientos por construcciones mentales con garantía de certeza" (p. 141). Este desarraigo de la vida cotidiana hace que se coloque al poder como esencia de lo político (p. 56).

La crítica también parece extenderse a la tradición ateniense. Su equiparación de lo visual con el conocimiento se fue transmitiendo a las teorías cristianas y calvinistas. "La búsqueda visual de la verdad implica la esperanza de hallar la identidad perfecta" (p. 331). Para Atenas, la verdad invisible debía así descubrirse, algo que recoge la modernidad, para quien lo desconocido se invade y cartografía; se piden luces que asalten y expulsen a la letargia. El gran problema con el mundo interno es que resulta imposible trazar un mapa del mismo, por lo que su colonización completa siempre se revela vana. De Atenas también procede la politización del universo, ese traslado de las leyes de la polis al cosmos, síntoma de una necesidad por controlar los astros y la vida hasta el último resquicio. Asimismo, en la tradición helénica la omnipotencia aún transcurre por un mundo donde dioses y humanos conviven, algo que proseguirá el cristianismo con la venida del Mesías y la erección de la Iglesia. Posteriormente, el inmanentismo moderno tomará nota de ambos para plagar el mundo de leyes de hierro y respuestas absolutas, aunque con el importante detalle de la eliminación de los dioses (pp. 334, 352).

La democracia moderna resulta asimismo cuestionada. Su desorientación ante la pobreza y la indignidad de amplios sectores de la población es muy grande (p. 53). “Se echan en falta criterios bien definidos para evaluar la democracia” (p. 357). Y cuando Roiz comienza su particular evaluación, percibimos que las facultades exigidas en la vida democrática – movilidad, riqueza de opciones, suficiencia de medios, coraje cívico surgido de una identidad política compartida – emanan de la concepción de un individuo agente, abocado a la acción en el espacio externo y a un continuo ensanchamiento de espacios económicos, morales y políticos. A su vez, la democracia moderna "se monta sobre procedimientos racionales”, una nueva forma de trabajar y de pensar, de mandar (p. 29). Roiz apunta al tono persecutorio de la misma. Y se pregunta así por aquéllos que, sin esa capacidad de movilidad, de trazar trayectorias fijas en sus caminos a la felicidad, se resisten a la primacía de lo ejecutivo, de la voluntad y el control, del análisis, en su complejo devenir vital. Otras facultades, quizá más valiosas, están siendo apartadas y devaluadas. Para el autor “la idea de kybernetes sigue vigente” (p. 359). Y como ése, hay otros muchos tropos bajo la teoría democrática higienizada, tales como el “contractualismo”, la “mano invisible”, el “velo de la ignorancia”, el “gigantismo”. Para triunfar en el methodus – camino a un fin, en sentido romano – se debe regimentar la vida interna, pero eso no significa renunciar - ¡faltaría más! - a la tentación de manipularla.

Por último, enlazando con críticas anteriores a la pretendida hegemonía del yo moderno[6], en esta obra Roiz perfila una rica caracterización del self, un concepto que abre nuestra sensibilidad a las producciones materiales y espirituales de la persona, a la vigilancia y a la letargia, a la ambigüedad del crepúsculo. Y a la vez desmonta con sutileza el ideal de soberanía del que se reclaman los modernos. "Sólo se puede afirmar y mantener la soberanía de un individuo, grupo o comunidad con instrumentos de violencia" (p. 188), de ahí que Roiz rechace la equiparación moderna de soberanía y libertad. Y es que "la soberanía del yo es tan sólo un delirio" (p. 214); se hace pasar al yo por el ciudadano, cuando nuestra polis interna nos sobrepasa.

Al abrir el libro y escuchar su primera nota, "Política de abandonos", uno se imagina los páramos teóricos de la política repletos de abandonados. De ahí que, si ahora comenzamos a leer la obra como una recuperación, ésta abarcaría campos muy hondos.

En primer lugar podríamos hablar de sectores de la ciudadanía y de la personalidad que han sido expulsados del mundo. Nos referimos a la categoría política de lo infantil; lo que no puede hablar, pero tiene mucho que decir[7]. Aquí no sólo entran los niños, sino también las infanterías, o los y las subalternas de la polis. El que policías de fronteras, tanto internas como externas, separen población y ciudadanía, es una constante de la política que en nuestra democracia también se da (p. 361). Roiz se sale de los relojes civiles y las campanas eclesiásticas para escuchar, en ese espacio aún no establecido, lo que quiere expresar el mutos del ciudadano - según expresión de Giambattista Vico -, nuestras partes mudas con sensibilidad política. Allí, sin espacio ni tiempo concretos, se alojan los mitos que ayudan a construir nuestras naciones; las emociones y sentimientos que nos conmueven; el segmento de fantasía, ingrediente de la inteligencia y generador de tropoi; el tiempo absorto de lectura; los delirios omnipotentes; el pensamiento profundo alejado de la mera actividad mental; las fantasías negativas… En fin, aquello que "tanta trascendencia tiene en el comportamiento de las personas y en el funcionamiento de sus grupos, empresas e instituciones [y que queda] condenado al ostracismo y a su devaluación radical (…) de la vida política" (p. 364).

Estamos así ante una recuperación del mundo interno para la política. El miedo no reconocido que la modernidad tiene a la locura lo ha instalado en el compartimento cerrado de una ciencia, la psicología, que se acerca a él de modo exclusivamente terapéutico, desde una posición que lo tacha de peligroso, irracional o problemático. Incluso a quien más se le debe en el s. XX por esta recuperación, Sigmund Freud, no duda en calificarlo negativamente como in-consciente. Javier Roiz recurre por ello a la inventio de la Retórica, esa "manera de pensar y decir que funciona in foro interno" y que se sitúa "más allá de los poderes de la sociedad vigilante" y de la tiranía (p. 62).

Es una recuperación, la del mundo interno, que se une a la de la letargia; con esta última recobramos también al Quijote, ese personaje encantado y ensoñado que arrambla contra las marchas nocturnas de entorchados y que se evade del fanatismo moderno y vigilante de su época. "El sueño, la ensoñación, la evocación épica, el ensimismamiento o las fantasías del aletargamiento, ¿dónde quedan almacenadas en la realidad de la ciudadanía?", se pregunta Roiz (p. 326). Sin componentes de la letargia, como los sueños, seríamos incapaces de poseer creatividad. Aristóteles y Freud ya los consideraban como otra manera de pensar (p. 348), y el mismo Hobbes escribía que "un sueño será necesariamente más claro, en este silencio del sentido, que nuestros pensamientos en estado de vigilia"[8].

Pero la que quizás sea la recuperación más relevante de esta obra es la de la tradición retórica y, con ella, la del buen juicio. Éstas le imprimen una hondura y trascendencia que, sin romper con la obra anterior del autor, le dotan de una significación nueva y valiosa. La retórica no sólo sí que trata lo infantil, el mundo interno o la letargia, sino que les otorga un extraordinario valor. Es un arte de decir bien, por el que se traspasan trozos de vida, sentimientos e inteligencia, no necesariamente mediados por el logos (p. 174). Todo ello le permite al autor conectar sus ideas anteriores con nuevas aportaciones. Roiz rescata el pensamiento de Quintiliano, y se apoya en Cicerón, Vico o el propio Hobbes, como antídoto a la tergiversación que ha sufrido la retórica, rebajada a arte de la persuasión y del engaño que, con propiedades ejecutivas e invasivas, ha sido reducida a mera gramática. De recursos pacíficos - el "ojo desarmado" de Leo Strauss (p. 125) -, la retórica se liga a la experiencia cotidiana para conocer, así como conecta la ética con los afectos, y la verdad con los tropos (p. 33); aunque más que de verdad, hablaríamos de lo verosímil, pues "el rétor nunca podrá exhibir su verdad como la única o la definitiva" (p. 343). Se reconocen de este modo los límites humanos; nos sirve de protección ante la omnipotencia. De ahí su énfasis por comprender, más que por explicar o dotar de respuestas definitivas y plenamente coherentes[9].

En esta recuperación de la retórica la obra de Roiz realiza una aportación fundamental, y muy singular, entre visiones contemporáneas tan ricas y distintas como las de Richard Rorty, José Luis Ramírez, Judith Butler o Stanley Fish, cada uno con sus tradiciones y maestros, algo que imprime caracteres muy particulares a sus propuestas.

De las múltiples aportaciones que surgen en la obra al calor de la influencia retórica, está la recuperación del juicio. Éste "es el ingrediente de la democracia que menos ha sido tratado por los filósofos modernos" (p. 369). El triunfo del modo demostrativo de decir en el saber, a través de la reificación de lo racional, la soberanía y la predicción, ha eclipsado a los otros dos, el deliberativo y el judicial. Tal y como es ars bene dicendi, la retórica nos aporta ideas sobre el buen juicio. Ligado al sentido común de las plazas públicas - externas e internas - (p. 22), a las comprensiones y sentimientos del otro ante lo público (p. 168), a la pasión y las sensaciones personales (p. 170), acogido por la mano abierta de la calma, de la sucesión de los días y las noches (p. 349) y estimulado por la escucha de esos barrios periféricos alejados del yo central y pretendidamente dominante, el buen juicio no cae en la vigilancia de la justicia de nuestra democracia, que con sus párpados eternamente abiertos, insomnes, precisa de una venda para ser imparcial. Aquí la imparcialidad homérica, la cual tanto gustaba a Arendt, nos viene de esa isegoría que el autor pule para la propia pensadora alemana, y que tanto tiene que ver con el buen decir.

Por otro lado, nuestro autor encara también la recuperación de una concepción clásica para la teoría política que se ha ido abandonando. Nos referimos a la separación de violencia y política. La primera, con toda su carga omnipotente, nos aleja del mundo (p. 333). A la vez, “la política es extraña a la violencia, si bien no al mando o a la autoridad” (p. 188). Se sigue aquí a Titus Livius, para quien “la paz y la guerra tienen cada una sus propias leyes” (p. 27). La violencia se comprende así como prepolítica, o esta es la interpretación de un romanticismo que la utiliza para desprenderse de la necesidad, y así liberar el mundo (p. 216); luego – siempre luego – vendría la política. Los románticos nos dibujan una violencia repleta de belleza y de valor, con mágicas capacidades regeneradoras y rearticuladoras de la sociedad[10]. La guerra promete el acortamiento de los períodos, la intensificación del tiempo (p. 239), el re-diseño de realidades desde la manipulación de los individuos como si fueran piezas de un plan perfecto. La violencia introduce la irreversibilidad de la muerte. Roiz coincide con Arendt en que la heroicidad es básicamente pacífica y constructiva; en que la violencia supone el fracaso de la política. Es básico romper el continuum entre ambas introducido por la filosofía cartesiana y seguida entusiásticamente por teóricos como Karl von Clausewitz, Carl Schmitt o los mismos autores postestructuralistas, cuya concepción del poder - que lo impregna todo desde sus esencias incontestablemente malignas - bebe de estas influencias.

Si continuamos con nuestra interpretación de la obra desde la idea de recuperación, podemos apreciar una revalorización clave de la tradición hebrea, muy ligada a la importancia otorgada al pensamiento musical y a la crítica del inmanentismo moderno. Es la tradición judía que reconoce la trascendencia y la coloca más allá del mundo, en ese locus de poder al que no se puede ver pero sí escuchar que es Yahvé, quien nos permite mantener a la omnipotencia alejada, a la vez que nos ofrece un reconocimiento de nuestras limitaciones mortales. Es éste un mundo pleno de libertad y salud mental. Resulta excelente el estudio de la omnipotencia que parte de Eric Voegelin (pp. 69-82), pero más valioso aún es el respeto de Roiz por esta tradición musical para quien la verdad resulta inefable, que no invisible. "El pensamiento prospera y se da con frecuencia sin imágenes" (p. 196). Los textos se leen con afinación y veracidad, como partituras musicales de los que nunca sacar versiones definitivas. Roiz se sitúa así, como Strauss (p. 154), quizás como ese Quijote que se enamora de oídas (p. 201), en Jerusalén.

Pero consciente de la ciudad desde donde escribe, Madrid, el autor también se atreve con la tarea de intentar recuperar una tradición vapuleada, suprimida y eclipsada como es la del mundo de la temperies latina, aquél que va de Nápoles a América Latina. Los vínculos napolitanos con España no los siente Roiz desde el Imperio, sino desde la música de Domenico Scarlatti, Luigi Bocherini o Giovanni Paisiello. Se pregunta así por los maestros de Machiavelli, para dar con el humanismo italiano de los siglos XIV y XV. Es una herencia ésta que se reconoce mestiza y cruzada por Sefarad, la retórica o el humanismo, abierta a lo que otras culturas aporten, pero con la ilusión de expresar una voz propia, apagada tanto por fanatismos católicos como por el sectarismo antipapista.

Otra posibilidad de interpretar esta obra se nos revela en su subtítulo: “Teoría política del siglo veinte”. Efectivamente, éste es un libro donde los autores y los temas más relevantes del pasado siglo para la filosofía política dicen mucho. Javier Roiz emplea su propio concepto de isegoría para otorgar prestigio a autores como Voegelin, Strauss, Arendt, Wolin o Freud. Y para ello no sólo acude a sus palabras más celebradas o a trilladas interpretaciones ajenas, sino que se detiene a escuchar textos y voces secundarios, estudia sus correspondencias, interpreta con talento y esfuerzo sus músicas para, a la manera de un rétor[11], mantenerse leal a sus obras. Ello nos permite apreciar la libre asociación de Arendt, escuchar su tradición judía y comprender su valoración de la letargia incurriendo en lo que muchos verán como ricas contradicciones[12]; comprendemos los miedos de un Voegelin que no se atreve a seguir a Freud hasta el final; disipamos prejuicios en el estudio de Strauss; apreciamos el substrato de los últimos claroscuros de la obra del genial Wolin; y valoramos los esfuerzos y el coraje del cientificista Freud por dejar a un lado sus concepciones conquistadoras para con el mundo interno.

Se interpretan así de un modo honesto las armonías de otros autores; generoso incluso. Se pulen conceptos que otros autores tuvieron el mérito de atisbar, de intuir. Es el caso ya mentado de la isegoría en Arendt, pero también la omnipotencia de Voegelin, o la interpretación de Machiavelli por Strauss, donde nuestro autor pone mucho de su cosecha. Y en todo momento la honradez de una lectura leal, a la vez que personal.

Es una obra que no peca de ansias de completitud y perfección, algo que tanto se critica en sus páginas, ni que busca una relación exhaustiva de nombres y fechas. Es por ello que quizás se le quedan en el tintero determinados autores, tradiciones y temas que han impregnado el siglo veinte o que también nos pueden parecer dignos de recuperar dentro de ese bios theoreticos latino. Pero no estamos ante una enciclopedia, advertía ya al comienzo de esta reseña, sino ante una obra de clara forma y contenido musical, cuya autenticidad también se revela en sus ausencias y silencios.

Quizá lo más valioso de La recuperación del buen juicio, además de la seguridad ofrecida por el rigor y el bagaje intelectual que transmite el trabajo, sean esas sutilezas y puertas entornadas que mantienen viva la obra tras cada lectura, tras cada interpretación. A la manera que, hace unos años, declaraba tocar un prestigioso compositor, se percibe que ésta es una obra escrita para el piano.

Notas

___________________________

[1] J. Butler, Mecanismos psíquicos del poder, Cátedra, Valencia, 2001, p. 14.

[2] Hamlet ya gozó de un tratamiento privilegiado en El gen democrático, Trotta, Madrid, 1996.

Revista Académica de Relaciones Internacionales, núm. 1, marzo de 2005, GERI – UAM

ISSN 1699 – 3950

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10

[3]R. Lanz, "Prólogo", en J. Roiz, La democracia vigilante, CIPOST, Caracas, 1998, p. 8.

[4] No en vano, Javier Roiz ha ejercido la docencia y la investigación en universidades estadounidenses como Princeton University, Wesleyan University y St. Louis University, universidad ésta donde dejó una cátedra vitalicia para regresar a España.

[5] J. Locke, Two Treatises of Government, recogido en J. Roiz, La recuperación del buen juicio, p. 60.

[6] Ver, por ejemplo, su estudio sobre los intentos modernos de controlar el self en El experimento moderno, Trotta, Madrid, 1992, pp. 107-112.

[7] El hablar sólo requiere del lenguaje y de sus giros y ritmos, de la capacidad de fonación; el decir requiere escuchar, atender y respetar a quien se habla, a la vez que se recibe prestigio de quienes escuchan. Las artes infantes como la música de cámara dicen, y mucho, así como los silencios o el lenguaje del eros que Adriana Cavarero captaba en Storytelling and selfhood (Routledge, Nueva York y Londres, 2000). Para pasar del loquor al dicere será así imprescindible conmover y estar conmovidos (p. 47), traspasar vida. Ésta es una distinción de la retórica clásica de Quintiliano que Javier Roiz utiliza habitualmente, y que conectará con la idea de isegoría de Hannah Arendt.

[8] T. Hobbes, Leviatán, Alianza Editorial, Madrid, 2002, p. 25.

[9] Algo que Arendt también expresa. H. Arendt, ¿Qué es la política?, Paidós, Barcelona, 1997, p. 34.

[10] Un ejemplo de estas concepciones sería Jean Paul Sartre: "sí, la violencia, como la lanza de Aquiles, puede cicatrizar las heridas que ha infligido". J-P. Sartre, "Prólogo", en: F. Fanon, Los condenados de la tierra, Txalaparta, Nafarroa, 1999, p. 25. Una excelente crítica a la idea de Marx sobre la violencia como comadrona de la historia podemos verla en H. Arendt, "La tradición y la época moderna" en: Entre el pasado y el futuro, Ediciones Península, Barcelona, 1996.

[11] Su concepción de Freud como rétor la valora Roiz a la hora de constatar que el maestro vienés “detalla no sólo aquellos datos que se pueden expresar con tiempos, medidas y colores, sino también la atmósfera que rodea al paciente y sus antecedentes; no sólo la historia médica, sino también una referencia biográfica o, si cabe, afectiva y literaria” (p. 304).

[12] ¿Do I contradict myself?/Very well then I contradict myself,/(I am large, I contain multitudes.)". W. Whitman, Hojas de hierba (ed. bilingüe, trad. J. L. Borges), Lumen, Barcelona, p. 168.

Presentación del Doc. Javier Roiz


SEMINARIO SOBRE GOBERNABILIDAD Y COMPLEJIDAD POLÍTICA

Presentación: Doctor Javier Roiz.

El profesor Roiz catedrático, Doctor en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

EXPERIENCIA ACADÉMICA:


(2003-2006) Director del Departamento de Ciencia Política y de la Administración II, Universidad Complutense de Madrid.

(2000-2003) Coordinador Nacional de Ciencias Sociales, Secretaría de Estado de Investigación y Tecnología. España.

(2000) Director de la Revista FORO INTERNO. Anuario de Teoría Política.

(1988-1995) Full Professor in Political Science, Saint Louis University, Missouri, USA.

(1998) Catedrático de Ciencia Política y de la Administración. Universidad Complutense de Madrid.

(1997) Cátedra Internacional del Centro de Investigaciones Postdoctorales. Universidad Central de Venezuela.


PUBLICACIONES:


La recuperación del buen juicio. Madrid: Foro Interno, 2003

Viaje a la gloria y a la intemperie. Madrid: Foro Interno, 2002

La democracia vigilante. Caracas: CIPOST, 1998

El gen democrático. Madrid: Trotta, 1996

El experimento moderno. Madrid: Trotta, 1992

(Comp. con Paul E. Sigmund) Poder, Sociedad y Estado en USA. Barcelona: Teide, 1986.

Ciencia política, hoy, Barcelona: Teide, 1982; 249 páginas.


LÌNEAS DE INVESTIGACIÓN:


Teoría Política, Psicología Política, Retórica y política.

Investigador Principal del Proyecto: “La evaluación de la calidad de la democracia). Equipo internacional integrado por cinco investigadores. Financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología (MCT).


Para el Doc. Roiz, la politologìa posee una parte teórica y una de ingeniería, es decir; la manera de comprenderla.


Entre ellas:


La Historia: Producto y manifestado mediante un historicismo, cuento de la historia, producto de los acontecimientos.


La Sociología: Supuestos desde el punto de vista de la prehistoria.


El Derecho: Considerando su estructura jurídica como el eje central y control del mundo político.


La Pregunta: ¿Por qué quiero estudiar el poder y el vértigo y abismo de la política?


La "Sociedad Vigilante": Como piensa el ciudadano.

1. La vida es una guerra y una lucha.

2. Identifica conocimiento con poder.

3. Contar la historia.

La Política para Javier Roiz: "Aprender a vivir y a lograr lo posible mediante ella".

La democracia plantada como una manera de vivir de los ciudadanos en vigilancia perpetua como si llevásemos un cuchillo en la garganta6, esa democracia vigilante, no deja de ser una aberración que se ha producido por un intento de higienizar la actividad pública. Alguien debió pensar que así se evitaba que las pasiones y los sentimientos nos arrastrasen a las dependencias primitivas y violentas de unos con otros.



jueves, 17 de junio de 2010

Reglamento de Debates de la Asamblea Nacional (EEPA-UCV)

REGLAMENTO DE DEBATES DE LA ASAMBLEA NACIONAL

PREÁMBULO

LA CÁTEDRA DE TEORÍA POLÍTICA II TIENE COMO OBJETIVO HACER UN SIMULACRO DEL PODER LEGISLATIVO NACIONAL, SIN NINGÚN TIPO DE TIPO DE FINALIDAD POLÍTICA.
SE PERSIGUE CONOCER LA REALIDAD ACTUAL DEL PAÍS A TRAVÉS DE UN DEBATE EXITOSO, A DIALOGAR, DISCUTIR, ANALIZAR Y ENCONTRAR SOLUCIONES A LOS DIFERENTES TÓPICOS PLANTEADOS, DE MANERA CONCERTADA ENTRE LAS DISTINTAS TENDENCIAS.


CAPÍTULO I. DE LOS INTEGRANTES DE LA ASAMBLEA
Artículo 1: Cada integrante de la Asamblea Nacional será reconocido con el nombre de Diputado o Diputada, quien representara una tendencia determinada.

Artículo 2: Los/as Diputados/as que representen a una misma tendencia, trabajaran de forma conjunta, en pro de los ideales establecidos.

Artículo 3: Son atribuciones de los/as Diputados/as:
· Discutir los puntos que componen la Agenda de Debate.
· Utilizar los puntos y/o mociones del Reglamento.
· Votar para aprobar o desaprobar mociones, proyectos de ley, enmiendas, hojas de trabajo.
· Solicitar, obtener y hacer uso del derecho de palabra en los términos que establece este Reglamento.


Artículo 4: Son deberes de los/as Diputados/as:

· Asistir puntualmente y permanecer en las sesiones de la Asamblea, comisiones y subcomisiones, salvo causa justificada.
· Velar por el cumplimiento de la misión y funciones encomendadas al Poder Legislativo Nacional.
· Sostener una vinculación permanente con todos los tópicos que se van a tratar en cada sesión de debate de la Asamblea Nacional.


CAPÍTULO II. DE LAS TENDENCIAS POLÍTICAS DE LOS INTEGRANTES

Artículo 5: Las tendencias políticas y el número de representaciones serán las siguientes.


Artículo 6: Los diputados y diputadas de la Asamblea Nacional, para el cabal cumplimiento de su mandato y el mejor funcionamiento de la institución legislativa, podrán integrarse en grupos de opinión parlamentaria, sin perder el carácter personal de su voto. El rol fundamental de estos grupos es el de orientar, disciplinar y unificar los criterios y opiniones de sus integrantes en aras del trabajo parlamentario, a fin de que se facilite el necesario intercambio de puntos de vista y posiciones en los debates.

Artículo 7: Cada asambleísta sólo podrá pertenecer a un grupo parlamentario de opinión.

Artículo 8: Son atribuciones de los grupos parlamentarios de opinión:
· Formular y presentar a consideración de la plenaria, propuestas, mociones, acuerdos, proyectos de ley y otras iniciativas parlamentarias, producto del acuerdo logrado sobre los tópicos a considerar.
· Asesorar, procurar la coordinación, conocer y apoyar la actuación de los diputados/as de la Asamblea Nacional en los tópicos a tratar en las sesiones.
· Velar porque se establezca y se cumpla debidamente con este reglamento.


CAPÍTULO III. DE LOS DIRECTORES DEL DEBATE

Artículo 9: La Mesa Directiva estará integrada por un Director/a de Debate o Moderador.

Artículo 10: Durante el transcurso de la Asamblea, todas las decisiones de la Mesa Directiva serán de carácter inapelable.

Artículo 11: Son atribuciones de la Mesa Directiva del Debate:
· Declarar la apertura de la sesión y el final de la misma.
· Cumplir y hacer cumplir este reglamento.
· Moderar las sesiones de trabajo y mantener el orden según las normas de comportamiento parlamentario.
· Otorgar y autorizar la palabra a los Diputados/as que así lo requieran.
· Presidir, abrir, prorrogar, suspender y levantar las sesiones, de conformidad con este Reglamento.
· Será parte de la Mesa la aprobación de las hojas de trabajo de los grupos de opinión.
· Requerir de los estudiantes que asistan a las sesiones como invitados, participantes u observadores, respeto y circunspección y en caso de perturbación grave ordenar su desalojo.
· Someter a la consideración de la Asamblea la interpretación del presente Reglamento en caso de dudas u omisiones.


CAPÍTULO IV. DE LOS PROCEDIMIENTOS. DE LAS SESIONES

Después que el encargado de la Mesa Directiva declare abierta la sesión, el Debate ha comenzado y los preceptos a desarrollarse son los siguientes:

Artículo 12: Quórum: A la hora fijada el Moderador declarara abierta una sesión cuando haya al menos una tercera parte de los miembros de la Asamblea. El quórum es el número calificado de diputados/as para poder dar inicio a la sesión. En caso negativo se esperará un tiempo máximo de quince minutos.

Artículo 13: Una vez declarada la existencia del quórum, el Moderador iniciará la sesión con la expresión: “Se abre la sesión”. El final de la sesión se indicará con la expresión: “Se levanta la sesión”. Todo acto realizado antes de abrirse o después de levantarse la sesión carecerá de validez.

Artículo 14: Agenda: Es el fundamento establecido donde se encuentran los tópicos a debatir en la Asamblea: Después de la apertura de la agenda, y en consecuencia el establecimiento de una moción para la apertura del tópico, se procede a una instalación de una lista de oradores para que los representantes de cada grupo de opinión den su posición oficial con respecto al tópico a discutir, en un tiempo preestablecido (un minuto). Durante este tiempo, después de que cada Diputado/a culmine, el Moderador abrirá el foro y estará en orden la apertura de una sesión formal o una moción para realizar una (s) pregunta (s) al Diputado(a).

Artículo 15: Cesión de tiempo: El/la Diputado/a que haya obtenido el derecho de palabra, al finalizar su discurso puede, si es su deseo ceder su tiempo restante a:
· Otro/a Diputado/a: El/la Diputado/a a quien le fue cedido el tiempo, no lo podrá cederlo a otro/a Diputado/a.
· El Moderador: Que sede su tiempo al moderador del debate, lo hace con la finalidad de omitir cualquier posibilidad de estar sujeta a una sesión extraordinaria de preguntas.

Artículo 16: Moción para una Sesión Formal: es una reunión informal entre los/las Diputados/as del mismo grupo para finiquitar estrategias, para facilitar el debate o la elaboración de una hoja de trabajo. Una moción para una Sesión Formal está en orden mientras el foro este abierto. El/la Diputado/a que establezca la moción para el mismo, deberá ser aprobado por el Moderador (Mesa Directiva) del debate. La moción deberá ser votado requiriéndose una mayoría simple de los/as Diputados/as presentes.
No puede interrumpir al orador y deberá hacerse cuando el foro este abierto.
Será aprobada por mayoría simple.
No podrá exceder los veinte minutos.

Artículo 17: Hoja de Trabajo: deberá ser presentadas al moderador del debate para su posterior aprobación.

Artículo 18: Votación: cada Diputado/a contara con un voto dentro de la Asamblea Nacional. Los votos serán a favor y en contra, no puede haber abstenciones.
Existen tres modalidades de votación y el Moderador del debate tomara la decisión de cual es conveniente utilizar:
· Mayoría Calificada: representa el voto de dos tercios 66.6% de los/as Diputados/as presentes.
· Mayoría Absoluta: representa el voto de la mitad más uno 50%+1 de los/as Diputados/as presentes.
· Mayoría Simple: representa un voto más a favor de una determinada postura que en contra de la misma.


Artículo 19: En caso de resultar empatada alguna votación, se procederá a una segunda votación en una sesión posterior y si se produjere un nuevo empate, se entenderá como negada.



CAPÍTULO V. DEL DEBATE

Artículo 20: Para intervenir en los debates los asambleístas solicitarán el derecho de palabra a la Mesa Directiva. Una vez que les fuere concedido, harán uso de él de pie, a menos que sufran un impedimento físico. La Mesa Directiva concederá los derechos de palabra en el orden en que se hubiesen solicitado. El diputado o diputada podrá hablar desde su curul o desde la tribuna de oradores previa participación a la Mesa Directiva.
La Mesa Directiva está obligada a reconocer a cualquiera de los/as Diputados/as que solicite la palabra, si tiene derecho a ello. Así mismo, el derecho de palabra será asignado a los/as Diputados/as de los grupos de opinión de manera alterna.

Artículo 21: Suspensión del Debate: se requiere de la aprobación de la mayoría calificada de la Asamblea.

Artículo 22: Moción para el cierre del debate: se requiere de la aprobación de la mayoría calificada de la Asamblea. La moción para el cierre del debate estarán en orden después de que la hoja de trabajo establecida por los grupos de opinión sea aprobado por la Mesa Directiva, y este indique el cierre por razones de tiempo.

Artículo 23. Se considera infracción de las reglas del debate:
1. Tomar la palabra sin que la Mesa Directiva la haya concedido.
2. Tratar reiteradamente asuntos distintos a la materia en discusión con ánimo de perturbar el desarrollo ordenado del debate.
3. Interrumpir al orador de turno.
4. Proferir alusiones ofensivas.
5. Distraer reiteradamente la atención de otros diputados o diputadas.
6. Cualquier otro comportamiento similar a los anteriores que impida el normal desarrollo del debate.


CAPÍTULO VI. DE LOS PUNTOS Y MOCIONES

Artículo 24: Para introducir un punto o una moción, el/la Diputado/a levantara su placard e invocara la moción adecuada desde su curul.
Artículo 25: Moción de Procedimiento: es un pedido de clarificación del procedimiento que esta llevando a cabo el debate. Esta en orden cuando el foro este abierto. El/la Diputado/a que establezca el punto, no deberá interrumpir el orador. El/la Diputado/A no necesita obtener el derecho de palabra. SE LEVANTARA Y DIRÁ: Moción de Procedimiento. El Moderador del debate estará obligado a responder cualquier duda.

Artículo 26: Moción para una Sesión Extraordinaria de Preguntas: la sesión extraordinaria de preguntas solo podrá realizarse al diputado/a a quien se le otorgo la palabra en primera instancia.
· No puede interrumpirse al orador y deberá hacerse cuando el foro este abierto.
· Debe ser aceptada por el orador.
· Será adoptada por mayoría simple.

Artículo 27: Sesión Informal: es una reunión informal entre los/as Diputados/as con el fin de establecer criterios, negociaciones, posiciones y preparar hojas de trabajo.

Artículo 28: Moción para la extensión del tiempo: estará en orden cuando la mesa lo considere necesario, tomando en cuenta que el tiempo de la sesión tanto informal como formal y el tiempo de la lista de oradores solo podrán ser extendidos una sola vez. Es decir, no se puede hacer una extensión de una extensión.

CAPÍTULO VII. CIERRE DEL DEBATE

Artículo 29. Cuando la Mesa Directiva juzgue que una proposición ha sido suficientemente discutida, anunciará que va a cerrar el debate. Si ningún asambleísta pidiere la palabra se declarará cerrado el debate, sin que pueda abrirse nuevamente la discusión. El Moderador leerá las proposiciones en mesa en orden inverso a como fueron presentadas.


Dado, firmado y sellado en la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos, sede de la Asamblea Nacional, en Caracas, a los 14 días del mes de junio de dos mil diez.