Larry
Tadino
En el campo de la filosofía política contemporánea,
encontraremos gran parte de los fundamentos teóricos de la democracia
deliberativa, en dos autores muy importantes: John Rawls y Jürgen Habermas. Ambos
definen una visión del sistema político apoyado en principios o decisiones
morales que deben garantizar condiciones de parcialidad, universalidad y
respeto a la autonomía personal.
Tal como lo señala José Luís Martí: “La idea central de la democracia
deliberativa es que las decisiones políticas sólo son legítimas cuando son el
resultado de una amplía deliberación democrática que implica, por una parte, la
participación de todos los potenciales afectados y, por otra, la posibilidad
presentar, discutir y aceptar o rebatir los argumentos que cada uno pueda
presentar a favor y en contra de las diferentes alternativas de decisión”
(p. 7).
La democracia
deliberativa implica tener un objetivo o un propósito determinado: uso Racional de la
capacidad de juicio, es decir, cada ciudadano como actor político, bien dicho
por Martí, “deben tener el derecho
efectivo a participar si así lo desea, y debe tener el tiempo necesario para
examinar con rigor la información relevante para tomar la decisión”, es por
ello que la democracia deliberativa permita al ciudadano desarrollar varios
niveles dentro del espacio público ser dueño del problema y responsable por las
decisiones, generar conocimiento acerca del problema, redefinir su concepto de
comunidad, entre otros.
Habermas por ejemplo, relaciona el problema
de la participación con el de la legitimidad. Desde el punto de vista de la
teoría de la acción comunicativa, la legitimidad política es el resultado de
procesos activos de formación de consensos de que dicho sistema político es
justo y adecuado, y no consiste en la mera aceptación pasiva de una legalidad
que ejerce una minoría gobernante. Si la construcción de la legitimidad
política no puede ser sino el producto constante de procesos comunicativos
racionales en el espacio público, con mayor razón las principales decisiones políticas
debe ser producidas por dichos procesos participativos comunicativos.
Por lo tanto, partiendo
de estos supuestos, Martí considera la importancia de las TIC pueden ser muy útiles
para fomentar la deliberación democrática tanto en el ámbito institucional como
en la esfera pública no institucional, como de hecho ya está sucediendo. La deliberación es un proceso abierto y estructurado a la vez, que las
nuevas tecnologías serían un medio más no un fin en sí mismo.
Es por ello, que las nuevas tecnologías buscan
de alguna manera potenciar la democracia deliberativa en todos aquellos que permiten hacerla creíble y mostrar con hechos
que ése debería ser el procedimiento habitual en la vida cotidiana para decidir
con justicia en cuestiones vitales que afectan a todos. Que debería convertirse
en costumbre el diálogo de quienes están dispuestos a argumentar y también a
dejarse convencer con argumentos, y lo otro, el recuento de votos sin auténtico
diálogo, debería ser lo excepcional, no digamos ya la imposición.
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